viernes, 11 de mayo de 2012

Bochornosos defectos (I): LOS DESPISTES

Entre los cienes y cienes de pequeñas taras de fabricación con las que nací, incluyendo unos dedos gordos de los pies bastante extraños, un pelo que crece a velocidad de tortuga coja con narcolepsia, y una predisposición genética a pegar pellizcos, soy una personita tremendamente despistada.

Y cuando digo tremendamente despistada, me refiero a MUY MUY MUY despistada. Soy de ésas que se asustan cada dos por tres pensando que han perdido la carpeta de apuntes, o el móvil, o la chaqueta. La pena penosa es que el 30% de las veces realmente lo he perdido... bueno, el móvil no porque directamente no lo encuentro.

Tener este defecto es una jodienda, porque tu credibilidad cae en picado en cuanto la gente te conoce. Y hasta tus amigos empiezan con la típica conversación mamá de la que llevas huyendo toda la vida:

- Nos vamos ya, ¿lo tienes todo?
- Ajá.
- ¿Has cogido chaqueta?
- Sí.
- ¿Has cogido el dinero de luego, que nos quedamos a cenar?
- Aquí está. Mira.
- ¿Has cogido las entradas del cine? Mira que como las dejemos
- Copón, que las tengo en la mano (aquí ya me empiezo a mosquear)
- ¿Entonces nos vamos ya?
- ¡Que sí, joder! ¡Va que no llegamos!
- Vale jopé, arranco ya. Era por si aca... ¿Qué pasa?
- .... es que me he dejado el bolso... (susurro hiperbajo de vergüenza absoluta)


Esta magnífica cualidad de la centradez absoluta y la memoria prodigiosa a mí me parece lo más de lo más. Pero cuando la repartieron en el cielo de los bebés yo debía estar columpiándome en una nube o montando en unicornio. Escapa totalmente de mi comprensión.

Siempre he sido así. En primaria, el 90% de las tardes, al salir de clase mi padre me preguntaba si había cogido los libros para hacer el deber. Yo siempre contestaba muy rápido "sí, sí, sí, sí" como queriendo pasar del tema, y convencida del tó de que lo llevaba todo. Así era yo, todo optimismo. Era matemático: al llegar a casa abría la mochila y empezaba a llorar.

- ¡¡¡PAPÁAAAA!!! ¡¡QUE SE ME HA OLVIDADO!!

Y como mi madre era una profesora-histérica, yo JAMÁS podía ir a clase sin los deberes hechos porque si no el demonio Satanás aparecería en mi casa para robarle su alma de drama-mamá y pasearla por todas las capitales del mundo en chándal (es que mi madre es muy especial, algún día os hablaré de cuando me hacía vestirme casi de gala para ir al médico).

La consecuencia es que me conocía todo el convento de monjas por abrirme a mitad de tarde o incluso bien entrada la noche para que la nena recogiera lo que se había dejado. Y yo debía de ser muy mona porque me acuerdo que las monjas que llevaban la portería siempre me daban caramelos para que se me pasara el disgusto. A lo mejor era más lista de lo que recuerdo y realmente me dejaba las cosas por volver a por las chuches... no lo sé. El Tío Calo (así le llamábamos al misterioso conserje que JAMÁS hablaba, y del que creíamos que había matado a la Hermana Caramelo) no era de la misma opinión y me llevaba a empujones a buscar mis cosas.


Conforme iba creciendo y adquiriendo más y más responsabilidades he ido aprendiendo a desarrollar estrategias anti-desastre provocadas por los despistes. Como diría la Prof. McGonagall, A SABER:

1) antes de dormir me hago post-its. Concretamente tres. En ellos escribo mensajes como "Coge la carpeta", "acuérdate del justificante" o "si no te llevas esto SUSPENDES". Los coloco en lugares estratégicos, siendo los resaltados mis favoritos:
     - encima del objeto que no debo olvidar, y que suelo dejar en mi escritorio
     - pegado en el espejo del baño donde me lavo los dientes
     - en la pantalla del ordenador
     - en la lámpara de la cocina
     - en la puerta de salida de casa, por si acaso fallan las anteriores


2) antes de dormir les suelto a mis padres una perorata sobre el objeto que no debo olvidar, pidiéndoles encarecidamente que recuerden por mí.

3) dormir en la cama con el objeto imprescindible.


Sé que esa última suena a ciencia ficción, pero la verdad es que funciona porque me obsesiono al no poder moverme en toda la noche por tenerlo entre mis brazos. Es de PANOLI y soy consciente, pero no sabéis lo útil que es esto. Eso sí, solamente lo uso cuando es de vida o muerte, a ver si os vais a pensar que yo me voy a la cama con cualquier cosa... (jejeje, que chiste).


No solo influye en mi capacidad para olvidarme cosas en lugares poco indicados sino para hacer cosas un poco... ¿cómo decirlo? de encerrar y tirar la llave. Me pasan cosas incoherentes como darme cuenta de repente de que he guardado los zapatos en la nevera, o que me he metido a la bañera con calcetines, o que ese abrigo que he cogido en realidad es el pelo de una señora  (sí, todos estos casos son verídicos y totalmente reales). Siempre me doy cuenta tarde, claro.

Yo creo que es porque siempre voy pensando en mil cosas a la vez, y en mil moñadas caóticas que nublan mi mente y la llenan de un cosmos de mierda inmaterial del tamaño de Pekín. 

Además me es muy difícil memorizar dos cosas: fechas y nombres. Estoy en 4º de carrera y aún no me sé el nombre de mis compañeras, y mucho menos de los profesores. "Total, si no me sé el nombre es porque no me interesan sus vidas"... bueno, ya, lo digo y queda guay y se ríen y me miran y asienten con asombro y admiración... pero la realidad es que no me sé sus nombres porque no me caben. Imposible. Igual que las fechas de cumpleaños o toda la pesca, a no ser que sea el mío, o tres o cuatro afortunados más, no me sé ninguna. Y como los profes cambian cada año... ¿pues pa qué hacer el esfuerzo?

Porque esa es otra, soy vaga del copón... pero ese tema ya lo tocaremos en otra ocasión, que me estoy cubriendo de gloria...

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