domingo, 12 de agosto de 2012

The hortelan's dog ataca de nuevo

No conté que Señor Ameba vino a mi ciudad porque tenía que hacer un transbordo. Entre un tren y el otro habían unas horas, así que me pidió que fuera a verlo y nos tomábamos un café mientras él esperaba a que llegara su segundo transporte. Como pienso que, si fui lo suficientemente adulta y madura como para acabar una relación sin guardar rencores y él parecía que podía hablar conmigo sin demostrar odio, pues acepté.

Muy bien, sólo es un maldito café con alguien que me importó en el pasado y que ahora se ha convertido en ése semi-amigo con el que hablo de vez en cuando y nos contamos por encima que todo va bien. Sin sobresaltos por mi parte, sin grandes confesiones por la suya (últimamente), solamente siendo cordial y sin dar pie a segundas interpretaciones. Porque yo no tengo ningún interés en Señor Ameba más allá de que la vida lo trate bien y que aprenda a tratar a OTRA chica que no sea yo, y que encuentre una novia que sea buena con él, y que tenga fuerza suficiente para cargarlo por la playa -porque le da asco la arena, el agua, las algas, tiene miedo de las medusas, la oscuridad, las alturas, el mar y cualquier cosa que no sea la seguridad de su cuarto, la Play Station o su mamá-.

Pues eso. Si es que de buena soy tonta. Ése día dormí dos horas como máximo porque el calor era sofocante e insoportable, estaba triste y dándole vueltas a las cosas que no me van bien, y tenía CERO ganas de coger un autobús, luego un metro y luego andar para tomarme un café con Señor Ameba. Chicombre, como es una persona civilizada, no me puso pegas a que fuera a ver cómo estaba, aunque sí noté cierto desasosiego totalmente normal en esas situaciones. Bueno, pues allá que me fui apenas sin dormir a impedir que Señor Ameba se aburriese en la estación y a la vez, asegurarme de que la vida lo estaba tratando bien.

Llego allí y no lo encuentro. Veinte minutos desde que me había avisado de que ya estaba allí, y se había convertido en el hombre invisible. De repente me aparece a lo lejos con sus andares, con cara de perro pachón y andando tan tranquilo desde el baño. Sin aumentar la velocidad al verme. Deslizándose sobre el suelo con extrema parsimonia. Sólo pensé "joder, a buenas horas... no sé para qué he venido". Le di dos besos y un pequeño abrazo porque el tío ni siquiera me los devolvió (efecto "no sé para qué he venido" elevándose al cuadrado, quisiera anotar), y me dice que le duele la tripa, que necesita sentarse.

"Claro, lo que necesites" le digo con mi mejor sonrisa. Y se sienta en la estación sin hablar, mirando al vacío como si fuera una vaca mirando las vías -no sé para qué he venido elevado a tres, y encima sin haber dormido-.  Entro en modo hiperactivo intentando sacarle más palabras que no sean SÍ y NO. Estoy empezando a cabrearme y a sentirme incómoda. Apenas me había dado tiempo a preguntarle qué tal el viaje cuando se nos sienta al lado el TÍPICO LOCO QUE ATRAIGO SIEMPRE, ése desconocido que se te pega en mitad de cualquier sitio y se pone a hablarte:

- Ay, tengo miedo a volar. ¿Vosotros de dónde sois? Oh, vaya. Yo soy de Madrid, pero necesitaba alejarme de la familia porque necesito tranquilidad. Esta es la foto de mis hijos... mi hija está ya muy mayor, y está saliendo con un imbécil. Mi hijo es mejor, más cariñoso, ha salido al padre. Porque yo cocino en casa, mi mujer no sabe, yo soy quien hace la comida y la cena y la merienda, y mis hijos siempre dicen "no, mamá, que cocine papá". Hay que ayudar, claro. Mi mujer se enfada, porque dice que ella lo hace mejor, creo que le da vergüenza. Oh, el novio de mi hija está empanadísimo... - en esto mira a Señor Ameba y le dice- Tú también tienes pinta de estar enmadrado, eh? Parece que eres dependiente de tu mamá. 

"Ni se lo imagina", pienso... En eso la madre de Señor Ameba le llama, y él se pone a decirle que le duele la tripita y que ha llegado bien, y que le han picado mosquitos y le pica mucho el brazo. El hombre me sigue hablando a mí, bla bla bla bla bla, yo estoy incómoda porque va pasando al tema "amor" y me temo un desenlace funesto. Señor Ameba cuelga y no dice nada más. El loco lo mira y suelta la perla:

- Oh, tú no sé, pero se le ve en los ojos que ella está enamorada de ti. 



¡ME CAGO EN LA PUTA! Mi cara se retuerce y creo que refleja unas ganas de matar inconcebibles. Me levanto de la silla.

- Bueno, Ameba, ¿dónde decías que tenías que ir?
- Emmmm....
- Ah, sí, aquí al centro comercial. ¡Vamos ya que se nos hace tarde! Bueno, adiós y encantada.

Evito mirar atrás porque mi sentido arácnido percibe que el hombre se levanta para acompañarnos, y acelero el paso. Joder, yo que había calculado todo para que no se produjera un maldito momento incómodo y viene un vagabundo loco y me lo tira por tierra. Señor Ameba camina detrás de mí a ritmo de caracol. Finalmente el hombre se cansa de seguirnos y se queda atormentando a otros.

- Es que siempre se me pegan todos.
- Ya, siempre te pasan estas cosas.
- ¿Dónde vamos?
- No sé.
- ¿Quieres que vayamos a tomar algo? 
- Me duele la barriga.
- ¿Vamos al GAME?
- Bueno.

Joder.

- Es que por aquí no hay muchas cosas...
- Ya.
- ¿Ha ido bien el viaje? ¿Se te ha hecho pesado?
- Bueno, me he dormido.
- Parece que aún estás dormido, jeje. 
- Ya.

Joder.

Andamos un buen trecho, yo devanándome los sesos por hacer que diga ALGO, que me siga la conversación... y él como si acabara de caer de Ganímedes. ¡Me desespero! Quién me manda a mí ir a verlo, madrugar sin casi haber dormido, pagarme un bono de metro cuando estoy fatal de pasta y pegarme tal caminata para ESTO. Estoy que echo fuego. Si fuera mínimamente más cabrona me iba a casa.
Entramos en el centro comercial en silencio porque paso de esforzarme más. Quiero dormir y descansar, y ponerme delante del ventilador con una legión de monos abanicadores a mis órdenes. Entramos al GAME.

- ¿Para qué hemos venido aquí? 
- Porque recuerdo que te gustaba mucho ir al GAME, y he pensado que quizá te apeteciera.
- No necesito más juegos.

"Oh, qué sorpresa, ¿no me digas?"

- Ah, bueno, al menos hacemos algo. Si quieres vamos a tomar algo. No me ha dado tiempo a desayunar porque si no perdía el bus.
- Espera que mire este de Batman.
- Vale. 

Silencio, silencio, silencio. Cierro los ojos pensando que al menos descanso la vista... pero no. Él echa a andar hacia el fondo de la tienda y yo me quedo pensando vagamente en lo capulla que soy. Quiero volver a casa y descansar en mi cama, no forzando a hablar a este tarugo. Y mira que le tengo cariño, pero no soporto que jueguen con mi tiempo. Cuando por fin acaba elijo -porque él es incapaz de elegir o proponer- una cafetería y me pido una cocacola. Él un agua. Cuando se la traen empieza a hacer cosas raras, a pasarse la botella por la piel con los ojos cerrados como si fuera uno de esos masajeadores del Natura (a los que yo llamo "orgasmatrón" por sus cualidades).

- ¿Qué pasa?
- Me han picado dos mosquitos, mira... y me han puesto una vacuna.
- Ya, yo me la pongo todos los meses ¿Tanto te duele?
- Sí... me pica mucho... jooooo... se me ha hinchaaaado....

Y empieza a apoyar la cabeza en la mesa poniendo caras de sufrimiento como si estuviera moribundo. Por dos mosquitos y una vacuna de hace días. Miro al techo y decido que se esfuerce él, que yo tengo sueño. Parece que lo empieza a captar, y opta por la apuesta segura: Juego de Tronos. Bueno, al menos se ha esforzado un poco y pasamos un rato charrando de tonterías como si fuéramos dos amigos. Cuando empezábamos a hablar de forma fluida, mira al reloj y se espanta: "¡ME QUEDAN 7 MINUTOS! ¡NO VOY A LLEGAR". No por favor, no te quedes, quiero dormir, quiero volver a mi casa. 

- Pago yo, no te preocupes... ve cogiendo la maleta. 
- Pesa mucho.
- ¿Quieres que te la lleve yo?
- No hace falta...

Al llegar a la estación decide que se mea ya.

- ¡Por favor, llévame la maleta al tren! ¡Me meo enciiimaaaa!

Voy hasta allí corriendo, convenzo al señor de que me deje pasar y guardo la maleta de Señor Ameba en un hueco libre que parece que tengo que excavar en roca. La maleta pesa un huevo y medio, pero me las apaño. El hombre me avisa de que el tren se va, de que suba. Le digo que no es para mí, que espere un momento... y en eso aparece corriendo Señor Ameba y se sube al tren sin apenas decir "adiós". Y yo cojo, me doy la vuelta, y me piro. Menudo idiota.

Pip, pip, mensaje de móvil: "perdona que me haya tenido que ir tan rápido :) pásalo bien, ya volveremos a hablar si surge la ocasión" Le contesto: "Habrías perdido el tren. Pásalo bien, un beso".

Quiero dormir. Bueno, al menos habrá visto que somos amigos y que no quiero saber nada de él en plano amoroso. Le he dicho que me va todo bien con otro chico y tal, no me ha quedado nada en el tintero, he sido educada... Y después de una semana o así me llega un mensaje diciendo que necesita hablar conmigo de algo sin mensajes de por medio, que cuando llegue a su casa de vacaciones me llama. Puf. ¿En serio? Ya estamos otra vez.

No se puede ser buena.

4 comentarios:

  1. Yo pasaría kilos de él, en serio. Primero, qué necesidad tienes de mantener el contacto con él? Si tú eres la primera que dices que aquello de ir a hacerle compañía al señorito fue un marronazo!
    Además, menudo muermo de tío: aburrido, pusilánime... y egoísta!
    Si quiere hablar, que se busque un psicólogo, o le taladre la cabeza a su madre...
    Vamos, es mi opinión. Aunque yo también soy la primera tonta l'haba que hago estas cosas de quedar con alguien que luego no sabe valorarlo. :/ Amistades tóxicas, hija, que nos persiguen...
    Besos!

    ResponderEliminar
  2. +1 a lo que dice La Gata. La buena educación tiene un límite y tú ya has cumplido. Que se compre un loro.

    ResponderEliminar
  3. La Gata: puf! no sé, yo no lo considero tóxico... porque no lo veo dañino ni beneficioso, solo está ahí. Eso sí, de mustio y pusilánime tiene un rato laaaaargo y no vuelve a pasarme por la cabeza quedar con él, y menos madrugando. Lo que pasa es que tiene el aura de "POBRE SEÑOR AMEBA". Pero mira... la verdad es que su comportamiento me decepcionó mucho. No sé, me he tomado una molestia por venir cogiendo buses y todo, sé una persona adulta. La verdad es que siempre ha sido así de soso y llorica, de verdad que no se me ocurre cómo lo aguantaba. Después de verlo me reafirmo en mi decisión de dejarlo. ¡De la que me he librado! Pobre.

    GRISELDA: no, si ya no era cuestión de buena educación sino de comprobar que le iba bien. Pero me ha salido el tiro por la culata... y no me apetece quedar otra vez con él para que se pase el tiempo callado. ¡Y luego no para de insistir en que, si voy a su ciudad, lo llame! Una mierda vestida de torero, a mí no me pilla otra vez.

    ResponderEliminar
  4. Por dios, si te vuelve a llamar no se lo cojas! ya sabes que está bien y que no lo soportas! qué mal rato he pasado :D

    ResponderEliminar